lunes, 23 de febrero de 2015

TLC: ¿No es que íbamos a tener pleno empleo?

Cuando se dio la campaña en relación con el referéndum para aprobar el tratado de libre comercio con los Estados Unidos, los que estaban a favor dijeron que si se aprobaba iba a sobrar el empleo en Costa Rica. Hubo irresponsables como Óscar Arias Sánchez que se dejó decir que cada costarricense tendría la posibilidad de comprarse un vehículo nuevo y otros tuvieron el descaro de amedrentar a los más humildes, a los que no poseen las herramientas para ver más allá de lo que escuchan en los medios de comunicación.
La realidad desde aquellos tiempos ha sido otra y como siempre los más perjudicados ha sido la gente de a pie, aquellos que votaron por temor a perder su trabajo o porque les creyeron a los que ahora se lavan las manos ante la salida de las empresas que contratan trabajadores poco calificados. Se trata de aquellos que estaban trabajando en los sectores de la maquila, en la agricultura, en las empresas con bajo valor agregado; es decir, son aquellos empleos en que se requiere más la fuerza física o el trabajo repetitivo, donde ya no quieren emplear mano de obra costarricense porque prefieren emigrar a países en que pueden pagar salarios más bajos.
Da vergüenza y a la vez coraje escuchar a ciertos empresarios echarle la culpa a los costos sociales que implica producir en Costa Rica. Todos sabemos que son ellos junto con los políticos que les han servido, los que han generado un deterioro del empleo que difícilmente se va poder revertir en el corto tiempo; el problema hunde sus raíces en una contradicción que está relacionada con una política económica excluyente y que ha beneficiado sólo a unos pocos.
El discurso ideológico de los grupos que dijeron que con la aprobación del tratado de libre comercio con los Estados Unidos iba a generar pleno empleo fue: Que el costarricense es una mano de obra calificada y muy bien preparada, razón por la cual había que promover una política de atracción de inversiones, especialmente en empresas de alta tecnología o de alto valor agregado en conocimiento, para aprovechar esa mano de obra y que éstos, a su vez, iban a recibir una remuneración de primer mundo.
Por supuesto que no estamos en contra que los costarricenses se preparen para desempeñar empleos de este tipo y que vengan empresas con esas características, sin embargo, el problema es que la mayoría de los costarricenses no cumplen con la característica de ser mano de obra calificada. Los datos educativos que desde la década de los años ochenta del siglo XX se vienen consignando dicen otra cosa, no por casualidad se le llama la década perdida, ya que la mayoría de personas que hoy ronda los cuarenta y seis años no terminó la secundaria y mucho menos logró llegar a la educación superior.
Es falso, absolutamente falso, que la mano de obra tica tenga la preparación para desempeñarse en empleos de alta tecnología o de alto valor agregado en conocimiento.
Se trata de un problema estructural que se ha venido arrastrando desde aquella época y que si bien han habido mejoras en el nivel educativo, lo que está claro es que en el perfil de la mano de obra calificada sólo entra un porcentaje pequeño de las personas de la población económicamente activa; dicho de manera sencilla, la mayoría de la población que en este momento oscila de los veinticinco a los sesenta años no cumple con las características que interesa a las empresas de alta tecnología o de gran valor agregado en conocimiento.
Esta realidad ahora ha quedado evidenciada porque las empresas cuya base de producción es la fuerza física o el trabajo repetitivo, han decidido “competir” con base en la disminución de los salarios que pagan a sus trabajadores. Es por ello que las maquilas textileras, las empresas de manufactura agrícola y otras vinculadas al sector industrial, ante la imposibilidad (por el momento) de derogar las garantías sociales costarricenses, han decidido irse donde puedan pagar salarios más bajos y así obtener un mejor beneficio para sus accionistas.
Es así como, desgraciadamente, los más humildes, los que engañaron con que iban a poder comprar automóviles del año y otras mentiras añadidas, ahora están siendo despedidos y en una buena cantidad de casos, sin la cancelación de sus derechos laborales. Sí, los trabajadores de las textileras, bananeras y demás industrias con bajo valor agregado en conocimiento, son las empresas que están despidiendo gente; se trata de la gente que no tiene un título profesional o que no habla un segundo idioma, son los que las políticas de educación no lograron que se mantuvieran en el sistema educativo, son los desertores del sistema y que las estadísticas ha develado como generaciones perdidas.
La paradoja se encuentra en que por un lado se habla de traer empresas de alta tecnología que paguen altos salarios y por otro lado existe un gran segmento de la población que no tiene el nivel educativo para afrontar este tipo de empleos. Los gobiernos que han llevado a que Costa Rica sea el país más inequitativo de América Latina, son aquellos que propiciaron el déficit de escolaridad de la mayoría de la población en edad económicamente activa; en otras palabras, son los mismos que dejaron de invertir en educación y permitieron que los logros conseguidos después de la década del cincuenta del siglo pasado, vinieran a menos en la mayoría de los indicadores que nos habían hecho sentir orgullosos ante el mundo.
El desempleo en los trabajos menos calificados va a continuar. Las empresas que utilizan esta mano de obra, incluso, han planteado que para no emigrar es necesario dar marcha atrás con una serie de conquistas sociales que costaron sangre, sudor y lágrimas; nuevamente chantajean a los que tienen menos educación diciéndoles que eliminando el seguro social, eliminando la jornada de ocho horas o permitiendo la eliminación de vacaciones a cambio del pago de éstas, la situación mejorará y no habrá desempleo.
En consecuencia, este contexto y el los próximos años, vamos a tener un mayor desempleo porque el número de personas sin preparación académica es mayor y no podrán ser absorbidas por una economía que no puede retener a las empresas que antes empleaban a estas personas; dicho en palabras sencillas, hay un segmento amplio de la población que se encuentra en medio de esta contradicción estructural y que no tiene posibilidades de solventar sus deficiencias, no porque no quieran, sino porque la política de educación desarrollada por los grupos en el poder no se han interesado por esta realidad.
Probablemente a estos sectores de la población costarricense les tocará emigrar, como ha sucedido con amplios contingentes de personas, a economías que requieran mano de obra barata. Habrá muchos que pasarán a engrosar la economía informal y en el peor de los casos, se dedicaran a actividades ilícitas para poder sobrevivir en un contexto de desempleo y miseria; no se trata de ser pesimista, se trata de usar la razón y ver como son las cosas en una realidad que se presenta, para nuestra desgracia, muy poco optimista para los próximos años.
Ni el tratado de libre comercio con Estados Unidos, ni los tratados firmados con otros países han venido a beneficiar a los que menos tienen. Al contrario, son estos sectores los que más están experimentado sus efectos debido a que su lógica está sustentada en una polarización salarial en la que pocos ganan mucho y en la que muchos ganan poco.
Lo peor es que los pocos que logran engancharse en el esquema salarial de las trasnacionales, pierden la perspectiva y comienzan a reproducir un esquema que olvida o se desentiende del resto de la población. Entran en una especie de burbuja profesional y económica que no les permite entender lo que hay más allá de sus espacios laborales y de sus interrelaciones con ejecutivos que consideran normal la miseria extrema.
Merece la pena terminar estas líneas citando a uno de los autores clásicos de la economía liberal y que dudo mucho que haya sido leído por estos que se dicen liberales desde la perspectiva económica y mucho menos por aquellos que se dicen de izquierda actuando como de derecha. Decía Adam Smith en la Riqueza de las Naciones, específicamente, en el libro primero, capítulo octavo, “De los salarios del trabajo”:
“No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados.”

lunes, 16 de febrero de 2015

¿Ha muerto el Derecho en Costa Rica?

¡Dios ha muerto! Esta frase se puede leer en la sección 125 de la Gaya Ciencia, escrito en 1882 por Friedrich Nietzsche. Como suele suceder, fue interpretado por muchas personas en un sentido literal y por ello el planteamiento nietzscheano fue criticado desde la perspectiva del fanatismo religioso y desde un dogmatismo que suele impedir la comprensión integral de lo que el autor alemán estaba planteando.
Y es que la dogmatización en cualquier disciplina de la vida genera estancamiento, paralización y finalmente la muerte. El dogmático es aquel que asume una serie de postulados o premisas sin cuestionamiento alguno y con base en ellas interpreta la realidad en que vive; se trata de personas que creen ciegamente en los dogmas que han asumido y no están dispuestos a ponerlos en duda por temor o por pereza mental.
El temor o la sumisión del dogmático lo lleva a delegar o entregar en otras personas la interpretación o el entendimiento que pueda hacer de los postulados dogmáticos que ha asumido. Los brujos, sacerdotes, gurús y demás sabios son los encargados de establecer cómo se debe entender el dogma, qué acciones se deben hacer para no ir en su contra y, finalmente, cómo se debe transmitir para asegurar su permanencia y obediencia.
Esta dinámica que es propia de las religiones de todo credo y lugar, no es ajena a lo que sucede en diferentes disciplinas. A las personas que comienzan con el estudio de una cualquier rama del conocimiento, en principio, se les suele transmitir una serie de fundamentos sobre los que se sustentan la estructura y el funcionamiento de la ciencia que están aprendiendo; digo en principio, porque al parecer en muchos casos esos fundamentos no se enseñan o se hace de manera deficitaria.
Una vez que se enseñan los postulados sobre los que gira la disciplina correspondiente, lo ideal es enseñar a los estudiantes a cuestionar permanentemente esos postulados. Lo anterior tiene como objetivo que la disciplina respectiva pueda evolucionar permanentemente y evitar que la repetición permanente del dogma, impida observar los cambios de la realidad y evite la adaptación necesaria para satisfacer las nuevas demandas que el devenir histórico le exige.
El Derecho, por ejemplo, está sustentado en una serie de postulados dogmáticos con base en los cuales se despliegan diferentes institutos jurídicos relacionados con el dogma. Uno de los principales es el de la seguridad o certeza jurídica, el cual consiste en creer que el Derecho puede brindarle a los miembros de la sociedad, la seguridad que las conductas normadas en el ordenamiento jurídico van a ser cumplidas so pena de sanción para aquella persona que no lo haga.
Para que el dogma se materialice es necesario que todos los miembros de la sociedad conozcan las normas que forman parte del ordenamiento jurídico. Para ello basta con que la norma jurídica haya sido publicada en el diario oficial y con ello surge otro principio general del Derecho: Nadie puede alegar desconocimiento de la norma jurídica debidamente publicada.
¿Es cierto que al publicar una norma jurídica en el diario oficial todos los ciudadanos la conocen? Ni siquiera las personas que se dedican a la disciplina del Derecho tienen conocimiento de todas las normas del ordenamiento jurídico, mucho menos los ciudadanos comunes y corrientes que no están al tanto de la vieja y nueva legislación que se emite diariamente.
No obstante, para que el Derecho funcione se tiene que aceptar el presupuesto que todos, absolutamente todos, conocen las normas del ordenamiento jurídico. ¿Qué seguridad jurídica habría si cada vez que se invoca una norma del ordenamiento jurídico, la persona a la que se le aplica alega que no sabía de su existencia? ¿En qué quedaría la imperatividad del Derecho?
El dogma está en creer que hay seguridad jurídica cuando no la hay, ya que en la realidad los ciudadanos desconocen la mayoría de las normas del ordenamiento jurídico. Todavía peor cuando se sostiene que nadie puede alegar desconocimiento de la ley cuando en la realidad, el común denominador de las personas, desconoce lo que el ordenamiento jurídico establece.
El asunto se vuelve más complejo si en lugar de poner como referencia la publicación en el diario oficial de la norma jurídica, incorporamos el problema del conocimiento de las sentencias de la jurisdicción constitucional que declaran la inconstitucionalidad de determinadas normas por estar en contra de la carta magna. ¿Conocen los propios abogados las normas jurídicas que han sido declaradas inconstitucionales por parte de la jurisdicción constitucional?
Para terminar de rematar, existen múltiples leyes que en sus disposiciones finales consignan un enunciado que dice, más o menos, lo siguiente: “Se derogan todas aquellas leyes que se opongan a la presente ley”. Y esto se complementa con las denominadas derogaciones tácitas, las cuales pueden haberse dado desde el momento en que se promulgó la ley, pero que sólo es posible analizar a la luz de casos concretos que involucren normas jurídicas que presenten este tipo de contradicciones. ¡Seguridad jurídica! ¡Pongámonos serios!
Ante esta cruel realidad, los ciudadanos procuran refugiarse en los que saben, en los que conocen de Derecho. El problema es que no todos tienen el mismo conocimiento, es decir, al igual que lo señalamos en el caso de los periodistas, hay personas que tienen un título de abogado pero no conocen los postulados básicos de la profesión que dice ejercer.
Haber si nos entendemos. La seguridad jurídica de la que hablan los empresarios de este país es una consecuencia de este postulado dogmático y tiene que ver con el cumplimiento de los contratos leoninos que en la mayoría de los casos han logrado firmar con la ayuda de funcionarios que se han prestado para estos actos de corrupción. La seguridad jurídica es un valor jurídico y un fundamento que es infinitamente más amplio que semejante interpretación, tiene que ver con institutos jurídicos como: la prescripción, la caducidad, la cosa juzgada material, la no retroactividad de las leyes, etc.; en fin, que si no se sabe qué es la seguridad jurídica, no se puede entender el daño social que ocasiona una sentencia que declara la prescripción de una causa en el que hay pruebas contundentes que demuestran la responsabilidad penal del imputado.
Y es que no es lo mismo ser un tinterillo, un abogado o un jurista, no se engañen, son cosas diferentes. El Derecho tiene sus procedimientos estandarizados al punto que cualquier persona puede hacer un escrito de demanda porque se trata de un texto machote que no requiere de un conocimiento a fondo del Código Procesal Civil o Penal, por ello hay muchos tinterillos que pueden pasar como abogados pero no como juristas. ¡Para qué están los machotes!
También hay muchos que son abogados pero no juristas. Conocen del machote aunque suelen delegar esta faena en secretarias y asistentes, ya que ellos se consideran en un nivel superior por “conocer” qué dice una ley u otra o por estar enterado de lo que ha dicho un juzgado, un tribunal o una Sala de Casación; sin embargo, una cosa es estar enterado y otra muy diferente entender el Derecho y los fundamentos teóricos que hay detrás de lo consignado en el ordenamiento jurídico y en los conceptos desarrollados a nivel teórico y filosófico.
Y es que el jurista es aquel que entiende el Derecho desde sus entrañas. Comprende los fundamentos que le dieron origen y cómo éstos se fueron desarrollando a lo largo de la historia. Conoce, por ejemplo, el fundamento filosófico y teórico, la referencia histórica, de por qué en la Constitución Política se consignan enunciados como: “Ningún costarricense puede ser compelido a abandonar el territorio nacional” o “Ninguna persona puede ser reducida a prisión por deudas”, por mencionar tan solo dos enunciados constitucionales.
Desgraciadamente, la realidad es que juristas hay muy pocos. Existen muchos que se dicen abogados pero no conocen, ni les interesa conocer, los cimientos básicos de su disciplina; en otras palabras, su único interés es manejar algunos procedimientos normalizados o estandarizados que le permitan aparentar algún conocimiento de las leyes procesales y  sustantivas para, finalmente, poder cobrar los honorarios respectivos e independientemente del resultado de los procesos en los que interviene.
La falta de juristas ha llegado a tal punto que la enseñanza y la práctica del Derecho se ha dogmatizado. Este fenómeno se ha podido observar en su máxima expresión con el advenimiento de la jurisdicción constitucional, ya que las sentencias y criterios de este órgano judicial han sido asumidos por la mayoría de profesionales en Derecho como dogmas de interpretación propios de la época más rancia del medioevo escolástico.
La cosa ha llegado a tal punto que en la enseñanza del Derecho, en lugar de leer a los clásicos de la Filosofía del Derecho y Política, a los teóricos del Derecho Constitucional, ahora se compilan sentencias de la Sala Constitucional y el estudiante aprueba el curso memorizando y repitiendo lo que esta jurisdicción ha dicho en determinado asunto sometido a su conocimiento. El problema se ha vuelto tan serio que los jueces, litigantes y profesores repiten en sus sentencias, escritos o clases, como una falacia de autoridad y sin el menor cuestionamiento, lo que estos magistrados, o tal vez habría que decir sus letrados, establecen como la interpretación constitucional verdadera. ¡Magister dixit!
Todo esto ha llevado a un estancamiento o a una parálisis del Derecho costarricense. No existen juristas, verdaderos juristas, que cuestionen el discurso dogmático que se ha instaurado en la sociedad costarricense. Hay fallos, en sentido literal, de la jurisdicción constitucional que no tienen un contrapeso académico y mucho menos profesional, la mayoría de los que están dedicados al Derecho se han sometido a la dictadura del artículo 13 de la Ley de la Jurisdicción Constitucional.
La aplicación para todos de la jurisprudencia y precedentes de la Sala Constitucional se justifica, siempre y cuando los mismos estén bien fundamentados y sus razonamientos pasen (al menos) el análisis de la lógica. No se trata de que haya una obediencia ciega en razón de una norma jurídica que parte de un presupuesto falso y que ha sido desmentido en múltiples fallos de la jurisdicción constitucional, a saber: Que todas las sentencias de habeas corpus, amparos y de acciones de inconstitucionalidad, corresponden a una interpretación correcta de la Constitución Política y por ello deben ser obedecidas “erga omnes”.
Bajo esta mentalidad dogmática y de sumisión, el Derecho costarricense corre el peligro de paralizarse y morir. Para los que no han entendido lo que hemos querido expresar, la parálisis consiste en adoptar sin reflexión y acríticamente criterios que en no pocas ocasiones no resisten el más básico análisis lógico.
Por ello, parafraseando a Nietzsche, se podría aplicar al Derecho costarricense el siguiente texto:
 ¡Busco al Derecho!, ¡Busco al Derecho!. Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en el Derecho, sus gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? – así gritaban y reían alborozadamente. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. “¿Qué a dónde se ha ido  el Derecho? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo!

lunes, 9 de febrero de 2015

En política hay que ser realista

La persona realista es aquella que observa y comprende la realidad tal y como es. A la hora de mirar los acontecimientos, el realista se concentra en lo que hay y no en lo que quisiera que hubiese; deja de lado sus deseos o ilusiones y se dedica a entender las cosas como se presentan en el mundo de los hechos puros y duros.
El realismo es una de las tantas formas de entender la vida. Encontramos realistas en el mundo del arte en contraposición con el surrealismo que es su perspectiva opuesta; en otras palabras, una pintura realista como “El taller del pintor” de Gustav Courbet, inevitablemente, contrasta con una pintura surrealista como “La persistencia de la memoria” de Salvador Dalí. ¡Son formas diferentes de ver la vida!
En la literatura el realismo se ha caracterizado por oponerse a la literatura del romanticismo y por utilizar la descripción como herramienta. A diferencia de las obras de los autores del movimiento romántico, el realismo en literatura supuso una prosa en el relato de los problemas sociales ¡La novela de Flaubert y Baudelaire también iban a contrastar con las de Goethe y Schiller!
En la filosofía jurídica el realismo ha sido acuñado para oponerse al iusnaturalismo moderno y también al positivismo jurídico. Autores escandinavos como Alf Ross y Karl Olivecrona o estadounidenses como Jerome Frank y Karl Llewellyn han abogado por describir lo que realmente ocurre en el mundo jurídico; es decir, en lugar de hablar de la independencia entre poderes o de la sana crítica racional de los jueces, por ejemplo, se han dedicado desnudar estos mitos y a mostrar cómo funciona la relación entre poderes o la administración de justicia que realizan las personas de carne y hueso.
De igual forma, en la filosofía política, el realismo ha estado presente desde el siglo XVI. Le debemos a Nicolás Maquiavelo el hecho de haber descrito de manera clara y descarnada, cómo funciona la actividad política desarrollada por los seres humanos; en otras palabras, en “El Príncipe” el autor florentino no dice cómo debería ser el político o cómo le gustaría que fuera la acción de los políticos, lo que se dice es cómo se comportan los políticos y cuáles son las acciones que ha realizado a lo largo de la historia. ¡Es mejor ser temido que amado decía el florentino!
El realista tiene en los hechos históricos la principal muestra de cómo funciona la política. La historia muestra que las personas que se dedican a esta actividad son seres humanos que, por abrumadora mayoría, se caracterizan por no ser virtuosos; se trata de seres humanos que ambicionan el poder para imponer su voluntad a los otros miembros de la sociedad, mienten y engañan a sus semejantes para conseguir sus propósitos, buscan satisfacer sus intereses y ello les lleva a tener una conducta egocéntrica.
Y es que la historia nos demuestra que debido a estas características de los políticos, ha sido necesario limitar el poder que los ciudadanos le han concedido. Ha habido necesidad de establecer qué pueden hacer (principio de legalidad), qué procedimientos deben seguir (actos de gobierno y administrativos) y qué sanciones se les aplicaría (régimen punitivo) en caso de no conducirse de acuerdo con el ordenamiento jurídico. La virtud es una excepción en la conducta de los políticos, lo que ha imperado a lo largo de la historia son los vicios y por eso se han creado mecanismos para controlarlos.
Por supuesto que al hablar del político estamos hablando del Zoon Politikon aristotélico, estamos hablando de los seres humanos. Entre la antropología política concebida por Thomas Hobbes que veía al ser humano como un animal violento, interesado y mentiroso y la esgrimida por Rousseau como un animal pacífico, bondadoso y éticamente correcto, la historia de la humanidad le ha dado la razón al filósofo inglés.
El realista, en consecuencia, no cree en aquellas palabras que suenan bonito y que promueven en las personas lo que le gustaría que fuera pero no es. No cree en frases vacías como: “Vamos a hacer de Costa Rica el primer país desarrollado de la América Latina”, “Vamos a refundar el partido para retomar los ideales históricos y a la vez modernizarlo”, “Vamos a gobernar con transparencia y honestidad”, “Vamos a reducir la pobreza y haremos una mejor distribución de la riqueza”, “Habrá tanto empleo y tan buenos salarios, que cada trabajador podrá comprar un carro del año”, en fin, podemos seguir poniendo cualquier cantidad de ejemplos.
El problema del realista es que la evidencia histórica le generan una visión pesimista de la realidad. Ante tanta mentira, engaño, intereses creados, pobreza, desempleo y demás vicisitudes (vicios) que observa, no tiene esperanza; además, como su realismo se sustenta en la prueba empírica, no pierde de vista que la esperanza es una virtud teologal y su visión de la vida le lleva a desarrollar una acción laica para no pecar de incoherente.
El realismo político permite estar atento para no ser arrastrado por la retórica de los políticos de toda la vida. Aunque nunca se está vacunado totalmente contra los cantos de sirena, el realista desconfía permanentemente de todos, especialmente, de aquellos que ya han demostrado con sus hechos que su dicho no coincide con sus acciones.
El problema del realista es que está en minoría. Su soledad es inmensa porque la mayoría de las personas necesitan tener esperanza y no desesperanza, prefieren creer en algo a no creer en nada, requieren de evadir la realidad en lugar de ponerse a pensar en las desventuras de su existencia individual y social; pero mientras esto sucede y buscan distraer su atención para no ver la realidad, hay personas que sí dan rienda suelta al engaño, al lucro y a una voluntad que hace mucho tiempo ha aprendido a evadir la normativa formal que en algún tiempo sirvió para limitar las arbitrariedades del poder.
El realista termina arrastrando un pesimismo de la razón aunque no de la voluntad. Su realismo le permite estar mejor preparado para intentar cambiar las cosas y enfrentarse a los que actúan entre bambalinas; sin embargo, la frustración le invade cuando observa que los más desfavorecidos, los que deberían luchar con más ahínco por cambiar las cosas, están más interesados en recibir la caridad de aquellos a los que deberían combatir. ¡La caridad también es otra virtud teologal!
Y es que ante semejante panorama, el realista termina perdiendo la fe. No solo se desilusiona ante lo que observa en la actualidad y lo que ha visto del pasado, sino que también termina perdiendo la fe en un ser humano que evade su realidad y por unas migajas, entrega su vida a un modo de vida que cada vez lo hace más pobre desde el punto de vista material y espiritual.
El realista en general y el realista político en particular, al final, termina diciendo: Creo que no creo. Aunque como laico conserva las virtudes de la tolerancia, la moderación y la duda metódica, termina perdiendo o por lo menos teniendo un proceso de desafección, en relación con las virtudes teologales de la esperanza, la caridad y la fe.
Aunque las razones del realista, como se observa, no son las mismas que las de otras personas, al final termina estando en buena compañía. Sin embargo, aún así, son más los que necesitan creer en un salvador cuatrianual que ahora vuelve cada cierto tiempo, son mayoría los que prefieren los cantos de sirena a la cruda realidad, nos superan en número los que prefieren callar y divertirse en contraste con los que están dispuestos a hablar y sacrificar su tiempo en una empresa que consideran utópica.
Pero bueno, como decía un graffitti del mayo 68 francés, pintado en la Estación Censier-Daubenton de la línea 7 del metro de París: “Seamos realistas: pidamos lo imposible”.

lunes, 2 de febrero de 2015

¿Bárbaros especialistas o bárbaros periodistas?

Ahora resulta que solicitar un mejor periodismo en Costa Rica es ser irrespetuoso con los que tienen la licencia para ejercer de periodistas y con aquellos que no teniendo título profesional, trabajan en los medios de comunicación. He escrito varios artículos cuya idea central ha sido pedir un periodismo de mayor calidad, más balanceado y con un discurso menos valorativo y más descriptivo.
Aunque lo escrito responde a una reflexión propia que, pareciera, es compartida por otros costarricenses que están cansados del “periodismo” y de los contenidos que diariamente nos brindan los medios de comunicación colectiva. Hay “periodistas” que no han tolerado la crítica y se sienten incluso ofendidos por lo que he escrito, sin embargo, releyendo cada uno de los artículos no encuentro adjetivos ofensivos que puedan haber generado semejante apreciación; pero bueno, al fin y al cabo, el sentirse ofendido o no, al final es otro juicio de valor que depende de la subjetividad de cada quien. ¡En estos casos no hay nada que hacer! ¡Se siente o no se siente!
Siempre he creído que no es necesario utilizar palabras ofensivas para debatir o para expresar una crítica en relación con un determinado tema. El intercambio de ideas debe servir para establecer una relación dialógica que permita, más que convencer o hacer cambiar de criterio a los otros, aclararnos mutuamente las ideas y a partir de ello reafirmar o reformular nuestros propios planteamientos o argumentos.
En el caso que nos ocupa lo que se ha venido solicitando es un periodismo que, al menos, se acerque a los fundamentos que han sustentado el origen y desarrollo de esta profesión. Los fundamentos de cualquier disciplina tiene que ver con un tema esencialmente filosófico, se trata de contestar a preguntas esenciales como: ¿Qué es el periodismo? ¿El por qué del periodismo? ¿Para qué el periodismo? ¿Cómo se hace periodismo? y ¿Quién es un periodista?
La filosofía no sólo intenta contestar estas preguntas sino que cuestiona y critica permanentemente las respuestas que se han dado a las mismas. Los postulados, principios o premisas de los que parten las diversas profesiones tienen que ver con las respuestas que se le han dado a esas preguntas, es decir, la ciencia a diferencia de la filosofía, se sustenta en una serie de postulados que se asumen, muchas veces en forma dogmática, para desarrollar los diferentes aspectos teóricos y metodológicos de cada ciencia particular.
Pongamos ejemplos que siempre nos permiten aclarar lo que estamos tratando. En cualquier plan de estudios de la ciencia que sea, van existir uno o varios cursos cuyos contenidos tienen que ver con los fundamentos de la ciencia que se está aprendiendo. Pensemos en la Ciencia Política y en la Ciencia Jurídica, las cuales están interrelacionadas pero no son lo mismo; en el primer caso, se enseña qué es el poder político y para ello se le distingue del poder económico o del poder ideológico; en el segundo caso se enseña qué es la norma jurídica y para ello se le distingue de la norma ética, social o religiosa.
En ambos casos, el politólogo y el jurista, se supone que aprenderán y tendrán presente estos conceptos básicos para poder desarrollar cada una de sus profesiones. El politólogo deberá saber que el poder político se caracteriza por el uso de la fuerza para hacer que una o varias personas hagan la voluntad de quien tiene el poder; por su parte, el jurista sabe que la norma jurídica se caracteriza por ser coactiva, es decir, su incumplimiento supone una sanción o pena que se hace cumplir por medio de la misma fuerza que sustenta el poder político.
El filósofo, en cambio, procurará entender y cuestionar los postulados sobre los que se sustentan ambas ciencias. Tratará que el politólogo asuma una actitud crítica ante postulados como que “el poder debe ser legítimo” o que “el poder debe ser limitado”; o en el caso de los juristas, respecto a si sólo es Derecho las normas que están en el ordenamiento jurídico o hasta que punto una norma jurídica depende de su validez para considerarse Derecho.
Pues bien, en el caso del periodismo sucede algo similar. No estamos cuestionando si el periodismo de investigación ha permitido conocer un determinado hecho de corrupción o una determinada trama delictiva. Tampoco estamos cuestionando si debe existir el periodismo científico, deportivo, económico, político o de sucesos; lo que hemos dicho es que existen postulados mínimos que cualquier periodista tiene que tener en cuenta y si bien no pretendemos un seguimiento dogmático de los mismos, sí es recomendable que haya un mínimo respeto de ellos.
Si un periodista hace una investigación, este debe tener claro que la presentación de los resultados no debería estar sustentado en un discurso plagado de juicios de valor. Al contrario, la investigación en cualquier rama del saber se expresa por medio de un discurso descriptivo, es decir, no se usa la función expresiva o directiva del lenguaje, sino que se utiliza su función informativa, la cual se materializa en un discurso que intenta suprimir los juicios de valor. ¡En buena hora que los periodistas investiguen!, pero queremos que nos informen los resultados de la investigación, no que nos digan sus opiniones, prejuicios o valoraciones sobre lo investigado.
Pregunto: ¿Es arrogante solicitar que un periodista brinde una información que haya sido verificada? ¿Es prepotente pedir que los periodistas balanceen la información y nos presenten al menos dos versiones o perspectivas del hecho noticioso? ¿Es soberbio querer que no se presenten como asépticos contenidos en que se reflejan los intereses de los medios de comunicación donde labora el periodista? ¿Es altanero pretender que los periodistas informen en lugar de opinar de lo que no saben? ¿Es jactancioso requerir que entrevisten a expertos que realmente sepan de los temas específicos y no “expertos” que opinan de todo y le hacen un flaco favor a la claridad y al entendimiento de la información? ¿Es altivez peticionar que los periodistas y los que trabajan en los medios de comunicación conozcan y practiquen los fundamentos que han dado origen a una profesión tan noble como el periodismo?
En realidad en lugar de solicitar, pedir, querer, pretender, requerir o peticionar, lo que corresponde es exigir todo eso y más de los periodistas. Los que tenemos el derecho a la información somos los ciudadanos no los periodistas, los periodistas ejercen una profesión que tiene como propósito hacer efectivo ese derecho de la ciudadanía, por eso exigimos que cumplan su cometido respetando una serie de postulados que tienen como objetivo que el ciudadano se informe correctamente.
Dicho de otra manera, la contracara de todo derecho es la obligación que se origina de los que deben respetar el derecho que tenemos los ciudadanos. Los periodistas están obligados a que este derecho se materialice adecuadamente y sin que los ciudadanos tengamos que soportar contenidos que desvirtúan o tergiversan el derecho que está consignado en la carta magna.
Incluso, si en nombre de ese derecho ciudadano exigen que se les brinde información o declaraciones, no deben olvidar que lo hacen en nombre de la ciudadanía y no del medio de comunicación en que trabajan. Y es que pareciera que, en la actualidad, se ha pretendido invertir las cosas y se quiere hacer creer que el derecho de información lo tiene el medio de comunicación y los periodistas que trabajan en él. ¡No es lo mismo el cuarto poder, que el poder en el cuarto! ¡Hay que ubicarse y no confundir!
Los fundamentos del periodismo, de la ciencia de la comunicación colectiva, del derecho a la información y en general, de las diversas materias del conocimiento humano es un asunto filosófico. Aquellos que sólo entienden de su profesión y que nunca se han cuestionado sus postulados básicos, tienen el serio peligro de convertirse, parafraseando a Ortega y Gasset, en “bárbaros especialistas”.
Quienes desdeñan la filosofía no han comprendido que en el origen de las ciencias específicas estuvo y ha estado la reflexión filosófica, por eso no logran comprender el conjunto y no ven más allá de su profesión. ¡Por eso estamos como estamos!

lunes, 26 de enero de 2015

Informar no es opinar: ¿Hay periodismo en Costa Rica?

Desgraciadamente muchas personas que trabajan en los medios de comunicación no tienen la menor idea de lo que significa el verbo informar. Pareciera que nunca han estado en un curso básico de una carrera de Ciencias de la Comunicación Colectiva, en la que uno de los aspectos elementales es saber distinguir las diferentes funciones del lenguaje. Informar no es lo mismo que opinar y mucho menos es igual que manipular.
Cualquier persona que trabaja en un medio de comunicación debería entender que las personas lo que necesitamos y queremos es ser informados. Ello significa que pretendemos recibir una descripción de los hechos acontecidos, subrayo, una descripción de lo que pasó; dicho de otro modo, no necesitamos valoraciones u opiniones en relación con el hecho, no es necesario que la persona exprese sus juicios de valor a la hora de brindar el hecho noticioso.
Esta distinción entre juicios de hecho y juicios de valor, al parecer, ha dejado de tener sentido entre las personas que tienen la posibilidad de trabajar en los medios de comunicación. Desconozco si es un problema que procede de una deficiente formación académica o si por el contrario, se trata de un proceder que se sustenta en la más absoluta ignorancia de algo tan básico como la distinción entre informar y opinar.
Los noticiarios tienen como propósito fundamental informar. Resulta altamente repulsivo escuchar “periodistas” que en lugar de informar a sus lectores, radioescuchas o televidentes, lo que hacen es emitir juicios de valor que, en la mayoría de ocasiones, evidencian una falta de preparación académica y de cultura básica. No sólo deja mucho que desear la lógica de sus planteamientos sino que hacen gala de una serie de prejuicios ideológicos que uno no sabe sin son propios o son inducidos por el medio de comunicación en que trabajan.
La valoración, buena o mala, del hecho noticioso nos toca hacerla a los receptores de la información. El problema es que recibimos un mensaje totalmente contaminado y distorsionado, lleno de juicios valorativos que no permite darse una idea de lo acontecido y el problema se agrava cuando se llama a “expertos” que podríamos llamar a la carta.
No contentos con brindarnos un mensaje cargado de prejuicios y valoraciones, suelen entrevistar a personas que supuestamente son expertas en un determinado tema y con el propósito de revestir de autoridad académica o profesional, el discurso valorativo que ya ha emitido el medio de comunicación colectiva.
Con contadísimas excepciones, aquí también tenemos que enfrentarnos a una serie de personajes que deberían tener un poquito de vergüenza profesional. He podido observar, escuchar y leer “expertos” que opinan de todo y en todo, es decir, tienen el desparpajo de hablar de Política, Derecho, Economía, Educación, Sociología, Psicología y un gran etc.; como si eso no fuera poco, lo pueden hacer en relación con lo que acontece a nivel interno y también en el plano internacional, también tienen el don de “dominar” las diferentes materias específicas que hay en cada una de estas ramas del conocimiento.
Estas personas que se prestan a la exhibición mediática, deberían ponerse a pensar que no todas los receptores que reciben su “mensaje experto” son ignorantes en lo que se les está consultando. Es deprimente el montón de lugares comunes al que acuden para realizar sus intervenciones y todavía peor la reproducción que hacen de discursos y opiniones que han visto, escuchado o leído en otros medios de comunicación internacionales; digámoslo claramente, el conocimiento humano ha crecido tanto que resulta un tanto presuntuoso aparecer ante el público como “experto” en una serie de materias cuya densidad de información es materialmente imposible de abarcar. ¡Zapatero a tus zapatos!
Los medios de comunicación y en especial los noticiarios juegan un papel importante en las democracias modernas. Se supone que deberían ser el espacio en que los ciudadanos de todo tipo, puedan debatir los asuntos de interés público; sin embargo, ese ideal es totalmente refutado por una realidad en que los medios de comunicación hacen prevalecer sus intereses y los contenidos que ofrecen se caracterizan por ser superfluos y frívolos.
Nótese que ni siquiera hemos mencionado otros contenidos que, sinceramente, dan ganas de llorar y son un insulto a la más mínima expresión de inteligencia. No es que se pretenda la desaparición de ese tipo de programas, al fin y al cabo, existen personas que viven de esos contenidos vacíos; lo que se pide es que haya un balance y que los medios de comunicación ofrezcan más contenidos en los que no solo se eduque a la población sino que genere un ciudadano crítico en relación con los asuntos públicos y respecto a los actores que están involucrados en la toma de decisiones colectiva.
Da mucha pena observar a ciertos “periodistas” que en lugar de ejercer su profesión con idoneidad y conocimiento, no solo se ponen a opinar de lo que no saben sino que pareciera están más interesados en figurar como “modelos” o como presentadores de las más variadas tonterías de lo que hace o deja de hacer una o varias personas que se les ha dado en llamar: famosos.
A Costa Rica han venido personas destacadas del mundo de la ciencias básicas y aplicadas, de las letras y las artes, de las ciencias sociales y también de las ingenierías, sin embargo, en la mayoría de los casos, los medios de comunicación costarricense no le han brindado ni una línea o minuto en sus espacios de difusión. En cambio, si viene otro mortal relacionado con el mundo del deporte o la moda, tenemos que soportar páginas en primera plana o espacios de muchos minutos en la radio o en la televisión para enterarnos que dicha persona viste de tal o cual forma.
Creo que no vale la pena señalar los múltiples ejemplos en que este mal se ha manifestado y nos carcome como sociedad. El problema es que la mayoría de ciudadanos prefieren volver la cara a otro lado, mientras que otras personas beneficiadas con este estado de cosas, siguen promoviendo una sociedad cuya conducta sólo beneficia a sus intereses.
La profesión de periodista, como todas las demás, tiene un fin muy noble si se tiene conocimiento de su origen y sus fundamentos. De lo que se trata es de brindar a las otras personas informaciones en que se haga una descripción lo más cercana a la realidad, de ese propósito surgen principios fundamentales del periodismo contemporáneo como la necesidad de verificar y balancear la información.
La verdad absoluta no existe y la historia de la humanidad se ha encargado de refutar teorías y dogmas como la centralidad de la tierra en relación con el universo. A lo sumo los seres humanos podemos aspirar a brindar explicaciones cuya validez (lógica y empírica) es provisional; sin embargo, a pesar de lo efímero que pueda ser esa validez, debemos aspirar a ella con base en un esfuerzo en el que prevalezca el razonamiento lógico y las pruebas empíricas que verifiquen nuestras afirmaciones.
Lo anterior opera para el ámbito de la ciencia y también se aplica para todas las actividades del ser humano y el periodismo no es la excepción. Sin embargo: ¿Cómo puede un periodista verificar la información que pretende brindar, si desde el inicio está parcializado ideológicamente o en razón de los intereses del medio de comunicación en que trabaja? ¿Cómo puede cumplir con el principio de balancear la información si, desde antes, toma partido a favor o en contra de determinados actores sociales?
La objetividad o la imparcialidad no existe. Toda la actividad del ser humano está permeada por su subjetividad expresada en su ideología, intereses, afectos y conocimientos; empero, es deseable aspirar a ellas e intentar que nuestras acciones procuren colmar esa aspiración; lo anterior supone que tengamos conciencia de ello y que a partir de ese conocimiento se actúe de conformidad.
 ¿Tendrán los periodistas conciencia de los fundamentos de su profesión? Me temo que la mayoría no tienen idea de lo que estamos hablando. No se trata que se devoren todos los textos de epistemología para darse cuenta que la información verdadera no existe y que en ese tanto, a lo sumo, es posible brindar una explicación válida si se expone por lo menos dos o más versiones de lo acontecido (prueba testimonial) para balancear la información o si se prueba los hechos por medio de la evidencia empírica que se pueda recoger y verificar.
En síntesis, por favor, informen de acuerdo con el significado exacto que tiene el verbo informar y cuando opinen, tengan la decencia de no fingir una imparcialidad que la opinión no tiene. Cuando entrevisten los “expertos”, los receptores estaríamos muy agradecidos que les pregunten de lo que realmente saben y por supuesto, esperaríamos que los entrevistados tengan el amor propio de no atreverse a opinar de lo que no saben, es decir, de todo.
Tal vez así, en lugar de un acto de tolerancia supremo, los receptores veríamos una merma en la erosión del respeto de aquellos que se dedican al periodismo. En el clásico texto de Bill Kovach y Tom Rosenstiel se dice que el periodismo debe ser fiel a los siguientes elementos: 1) Está obligado a la verdad. 2) Debe lealtad ante todo a los ciudadanos. 3) Su esencia es la disciplina de verificación. 4) Debe mantener su independencia respecto de aquellos a quienes informa. 5) Debe ejercer un control independiente del poder. 6) Debe ofrecer un foro público para la crítica y el comentario. 7) Debe esforzarse porque el significante sea sugerente y relevante. 8) Las noticias deben ser exhaustivas y proporcionadas. 9) Debe respetar la conciencia individual de sus profesionales.
Para mi tristeza y la de muchos ciudadanos costarricenses, resulta bien difícil encontrar en los periodistas actuales un ejercicio profesional que se enmarque dentro de los criterios antes indicados. Por supuesto, nadie pretende un seguimiento dogmático de estos u otros elementos de referencia del ejercicio periodístico; sin embargo, un acercamiento a algunos de ellos nos caería muy bien para dejar de lado el periodismo amarillista y sensacionalista, o mejor aún, el light, el rosa y el que crea noticias donde no las hay.
Y es que no puedo finalizar estas líneas sin recordar a los periodistas que no hayan leído a Kovach y Rosenstiel que:
“El propósito principal del periodismo es proporcionar a los ciudadanos la información que necesitan para ser libres y capaces de gobernarse a sí mismos”

lunes, 19 de enero de 2015

Ética de los resultados: ¡Se la cuadraron al Viceministro!

Hay gente que a estas alturas del siglo XXI no ha comprendido que una cosa es lo ético, otra diferente lo político y otra distinta lo jurídico. En cada caso estamos hablando de dimensiones distintas aunque relacionadas, situación que genera una confusión terrible si uno no está atento a distinguir los argumentos en uno u otro sentido.
Hay autores que hacen una distinción entre lo moral y lo ético. Se suele circunscribir al fuero interno de las personas lo que está relacionado con la moralidad y en contraste, la dimensión ética, está relacionada con la acción externa de los individuos en su interacción con otras personas. Por ejemplo, una persona en su fuero interno puede considerar que está bien hurtar o robar a los que más tienen para dar de comer a los que menos tienen; sin embargo, desde la perspectiva de su accionar externo, considera malo este tipo de acciones y no lo haría, independientemente que haya una norma jurídica que sanciona el hurto o el robo.
En ese mismo sentido, una persona en su fuero interno puede considerar que no hay nada de malo en hablar con otra persona en relación con su accionar profesional, sin embargo, lo que para una puede ser moralmente correcto para la otra persona puede no serlo. Ahora bien, lo que importa es la acción que la persona realiza con respecto a las otras personas, es decir, lo que va ser objeto de valoración ética es el acto externo realizado por el individuo en sociedad; dicho de otra manera, si decidió hablar sobre el accionar profesional de la otra persona o si decidió callar, dicha acción será sometida a la valoración ética de la persona aludida y al análisis de los otros miembros del grupo social.
¿Está bien o no que dos personas que ocupan puestos en la administración públicas hablen sobre su accionar profesional? ¿Es correcto o no que conversen sobre la posibilidad de que en algún momento una de las personas ocupe otro puesto profesional en la administración pública? Probablemente ese tipo de conversaciones se dan todos los días y a todas horas, ya que es consustancial a los intereses de la mayoría de funcionarios públicos o privados; lo que hace la diferencia es los otros aspectos que pueden involucrarse al momento de hacer la valoración moral y ética, las otras aristas que entran a jugar en este tipo de casos.
Lo ético y lo político también son cosas distintas. A lo largo de la historia se ha observado que la política se maneja más por una ética de los resultados y no por una ética de las acciones, si una acción política consigue el resultado deseado se suele justificar la acción que ha permitido alcanzar el objetivo deseado; por ejemplo, si para ganar una elección se mintió a los electores o se dijeron cosas que no son ciertas del contrincante, ello es éticamente reprochable desde la perspectiva de la acción, sin embargo, probablemente va ser justificado desde la óptica del resultado electoral, principalmente, por aquellos que se van a beneficiar del triunfo electoral..
La política desde una perspectiva realista tiene que ver con la conquista y el ejercicio del poder. El poder en su significado más simple consiste en que una u otras personas hagan lo que yo deseo que se haga, en consecuencia, cualquier persona que atente o impida que se materialice esa voluntad, atenta contra la efectividad y eficacia de ese poder. Desde la ética del poder, que es la ética de los resultados, probablemente si la acción de hablar sobre el accionar profesional o de la posibilidad de ocupar otro puesto público logra el objetivo de eliminar lo que impide la materialización del resultado deseado, dicha acción será justificada y aprobada; empero, si la acción no logra el objetivo, probablemente, como ha sucedido en muchos casos a lo largo de la historia, será considerada como incorrecta y su ejecutante será señalado para, finalmente, ser quemado en la hoguera.
El problema se vuelve todavía más complejo al incorporar la dimensión jurídica que, como todos sabemos, positiviza o es la canalización que hace el poder de una serie de valores que considera necesario otorgarles un carácter imperativo y en no pocos casos, dotarlos de una sanción si no se realiza su cumplimiento. ¿Jurídicamente pueden o no los funcionarios públicos conversar sobre su desempeño profesional o en relación a la posibilidad de ejercer otro cargo dentro de la administración pública?
Al igual que en lo ético y en lo político, en el plano jurídico también es necesario distinguir el plano de las formas y el plano sustantivo o de la realidad. En el plano formal se habla de la independencia entre poderes, de la independencia funcional, de la independencia de gobierno o administración; sin embargo, en el plano real, no es extraño que las personas que desempeñan X o Y puesto conversen no sólo sobre su desempeño profesional o sobre las posibilidades de ejercer un puesto u otro, sino también sobre asuntos más concretos y delicados en los que un concepto formal como el de independencia, queda totalmente diluido ante la realidad de las relaciones humanas sustantivas o no formales.
El problema es que la combinación de lo jurídico, lo político y lo ético que hemos descrito, es todavía más compleja y tiene muchas más caras. Hay personas que podrían defender la idea que no hay ninguna falta política pero sí jurídica y ética, que no hay falta alguna en ninguno de los casos o que sólo hay una falta de carácter político, dado que se realizó una acción sin el supuesto conocimiento de los superiores jerárquicos; en fin, que las combinaciones posibles son infinitas, debido a que todo se reduce a un asunto de valoración ética, política y jurídica.
¿Atenta contra la independencia de criterio de la Procuradora de la República el hablar de su ejercicio profesional como procuradora? Por ejemplo, el criterio que vertió en relación con el caso del Ministro de la Presidencia no fue avalado por la sentencia de la Sala Constitucional: ¿Impide eso o más bien sugiere que sus asesorados conversen con la Procuradora sobre la idoneidad de su asesoría profesional? ¿Cualquier conversación de ese tipo, atentaría contra la independencia de criterio consignada a nivel jurídico? ¿Quién dice que la equivocada no es la Sala Constitucional? Esto último es un tema al que es necesario acometer en otro momento.
El criterio en relación con el caso del Ministro de la Presidencia es uno de un montón de asuntos en que la Procuradora debe asesorar al gobierno de turno. Por ello no es extraño que ante este tipo de sentencias contrarias a su criterio, las personas asesoradas quieran discutir y conversar con ella sobre la pertinencia o no de sus planteamientos; lo contrario sería anormal, ya que resulta extraño una actitud de indiferencia ante el hecho de recibir una sentencia que es contraria a los criterios que la asesoría legal del Estado ha vertido.
Ya no se diga si el análisis lo hacemos desde una perspectiva tan amplia como la dimensión ética. ¿Es éticamente incorrecto hablar con la Procuradora después de una sentencia en la que la jurisdicción constitucional no estuvo de acuerdo con su criterio profesional y sí con la tesis que se esgrimió desde la Presidencia de la República? Esta mal que los asesorados puedan hablar con sus asesores para mostrar su preocupación y eventualmente consultarle sobre las diferencias que llevaron a la Sala Constitucional ha declarar sin lugar, desde mi perspectiva en forma incorrecta, la acción que cuestionaba la constitucionalidad del nombramiento del Ministro de la Presidencia.
La realidad muestra que en este punto no está el meollo del asunto y que el tema se circunscribe a si se conversó sobre la posibilidad de que una funcionaria como al Procuradora pudiera ejercer el cargo en el cuerpo diplomático costarricense. Tampoco aquí es extraño que se den conversaciones entre funcionarios públicos, no hay nada desde el punto de vista jurídico que impida una conversación en esa línea; sin embargo, hay personas que consideran incorrecto este actuar desde el punto de vista ético y todavía más desde una perspectiva política.
Desde el punto de vista ético, ya han salido los Savonarola de nuestra época a señalar y a lapidar a todo aquel que se ponga en frente. Este tipo de personajes y su discurso siempre me han generado repugnancia porque son el germen de un fanatismo que le ha hecho mucho daño a la humanidad y en nuestros tiempos a Costa Rica; o acaso alguien puede creer que en la política costarricense, los politiquillos de siempre, no han hablado y hablan entre ellos, de los puestos que hay en el servicio diplomático o en general en la administración pública. ¡A otro perro con ese hueso!
Por su parte, desde una perspectiva política o quizás habría que decir politiquera, los diputados de oposición y los que no lo son, hacen su circo con la ayuda de un medio de comunicación que todos sabemos a quiénes sirve. No hay que ser muy inteligente para deducir la fuente que puso en conocimiento la conversación que tuvieron entre la Procuradora y el Viceministro de la Presidencia; tampoco es necesario ahondar mucho para entender que la inexperiencia política le pasó factura a este último, es decir, no tuvo el colmillo para vislumbrar el tejido de intereses y las alianzas que existen en la política real, esa que se maneja con la ética de los resultados.
Para decirlo en un tico muy llano y sencillo, se la cuadraron desde el inicio hasta el final. La otra persona que sabía de la conversación junto con el periodista y el medio que difundieron el hecho, pareciera que urdieron un plan que implicó también una entrevista para terminar de apuntalar un discurso noticioso que, aderezado con el oportunismo politiquero de los diputados y otros actores deseosos de figurar, lograron que la presión diera los resultados esperados. ¡Otra vez la ética de los resultados funcionando!
Dicen que nadie experimenta en cabeza ajena, pero lo ocurrido en este caso debería servir a una serie de funcionarios inexpertos de esta administración, para poner las barbas en remojo. Es mejor pecar por desconfiado que no perecer por confiado, es mejor andar con la paja tras la oreja y no ser el último en escuchar caer la paja de la oreja; lo acontecido nos vuelve a confirmar que en el mundo de la política con p mayúscula no hay santos y mucho menos los hay en el mundo de la política con p minúscula.
Recordemos la enseñanza dura pero cierta de los realistas políticos: los seres humanos somos animales interesados, mentirosos y cuando las otras acciones no funcionan, violentos.

lunes, 12 de enero de 2015

¿El pueblo costarricense tiene memoria?

En los últimos días se han dado noticias en relación con Rafael Ángel Calderón Fournier y José María Figueres Olsen. Los dos llevan el nombre de sus padres, sin embargo, la diferencia entre unos y otros es abismal, tanto en sus ideas como en la obra específica que han hecho como Presidentes de la República.
No dudo que habrá personas cuya memoria histórica es nula y hasta los confundirá con sus progenitores. Desgraciadamente, en la actualidad, no pocas personas consideran que el estudio de la historia es una pérdida de tiempo y que lo importante es vivir el presente; en otras palabras, no hay que ocuparse del pasado, aunque aquel esté plagado de malas decisiones y de actos que van en contra de la ética y la ley.
La política no es ejercida por ciudadanos virtuosos. De hecho la política se caracteriza por estar manejada por seres humanos que no son virtuosos, ya que si fuera así, no habría necesidad que el Estado tuviera el monopolio legítimo de la fuerza y tampoco se requeriría un ordenamiento jurídico que norme y sancione las conductas incorrectas de sus ciudadanos. La función represiva del Estado es necesaria porque la mayor parte de los ciudadanos no somos virtuosos. ¡Somos todo lo contrario!
Rafael Ángel Calderón Guardia y José María Figueres Ferrer no fueron santos. Si uno hurga en la historia costarricense encontrará en su trayectoria política, conductas que podrían ser objeto de reproche; sin embargo, la obra concreta que hicieron e impulsaron, ha generado resultados que durante mucho tiempo mejoraron la vida de la mayoría de los costarricenses. ¡Hechos son amores y no buenas razones!
Hemos insistido muchas veces que la sociedad costarricense dio un salto cualitativo que la llevó a tener índices de desarrollo semejantes a países como Suecia, Noruega y Dinamarca. De manera similar a estas naciones escandinavas, Costa Rica redujo la desigualdad y pudo tener índices de salud y educación que, durante muchos años, nos hicieron sentir orgullosos en el concierto internacional de las naciones. ¡Aquellos abuelos sí pudieron!
Los resultados concretos de este período histórico, las acciones de estos y otros personajes no deben ser olvidados. Es necesario que los ciudadanos tengamos memoria histórica para poder ponderar y analizar lo hecho por las personas que han pasado por la función pública, ya que ello nos permite valorar lo que ha estado bien hecho y evitar aquellas acciones que en el pasado han significado un perjuicio para la mayoría de la población.
La falta de memoria histórica, muchas veces, genera que las personas tengan la creencia que los hijos de personajes destacados van heredar las características y la conducta de sus progenitores. Los hechos demostraron que ni Calderón Fournier, ni Figueres Olsen, desarrollaron acciones por lo menos parecidas a la de sus padres; por el contrario, sus acciones como gobernantes acuñaron una ideología radicalmente diferente y ello contribuyó a que, en la actualidad, Costa Rica sea uno de los países con más desigualdad de América Latina.
La falta de memoria histórica del tico, es la que permite a estos señores continuar apareciendo en la vida política nacional. Empero, el problema no es que ellos funden o refunden partidos políticos, el problema no es que tengan poca o mucha vergüenza, el problema no es que se consideren líderes políticos; el problema,  señores y señoras, es que el pueblo de Costa Rica no tenga memoria y que les crea lo que dicen. ¡Por sus hechos los conoceréis!
Ahora resulta que Calderón Fournier está impulsando un partido político que se hace denominar: Partido Republicano Social Cristiano. Con ello se pretende que los ciudadanos crean que en esta agrupación política se opera una especie de síntesis entre lo hecho por Calderón Guardia y lo que plantea la ideología social cristiana; esta apelación a la retórica no debería tener efecto en los ciudadanos, sin embargo, la vacuna requiere de estudiar la historia costarricense para poder advertir que no hay conexión alguna entre una cosa y otra.
Paralelamente, Figueres Olsen habla de refundar o reinventar un Partido Liberación Nacional que no tiene nada que ver con la agrupación política que fundó su padre. De hecho, él junto con los que le acompañaron durante su administración, contribuyeron a sepultar al partido de la clase media y que construyeron los costarricenses que desarrollaron el Estado del Bienestar; dicho en otros términos, las obras concretas que hizo Figueres Olsen con sus colaboradores, no permite creer en sus palabras y menos si consideramos otros antecedentes de carácter ético y jurídico.
Uno esperaría que las personas que tienen cuarenta años y más tengan memoria histórica. En efecto, una persona que en 1990 tenía quince años, tendrá algún recuerdo de lo que significó la administración Calderón Fournier y la siguiente de Figueres Olsen; no se justifica que haya costarricenses que vuelvan a creer en el discurso retórico de estos señores, sin embargo, francamente, no es esperable que este segmento de la población asuma una actitud crítica ante las palabras de estas personas y de sus acólitos. ¡Ya viene Palmares y Santa Cruz!
El segmento de los ciudadanos de menos de cuarenta años son más vulnerables a los cantos de sirena de Calderón y Figueres. Debido a que difícilmente tienen un recuerdo vivencial de las administraciones de estos señores, la posibilidad de engañarlos se vuelve más sencilla si no se tiene conciencia del pasado; por ejemplo, una persona que sepa lo que sucedió con INCOFER en la década del noventa del siglo XX, difícilmente podría ser engañada con propuestas de hacer un tren de alta velocidad de Paraíso a San Ramón.
Lamentablemente, pareciera, que a las personas les gusta ser engañadas. Sucumbimos ante las palabras que atacan la vertiente irracional de los ciudadanos y no nos gusta observar la realidad pura y dura; el ser humano requiere de creer en algo, necesita tener esperanza y de eso se valen estos personajes para encontrar terreno fértil para sus propuestas vacías, esta situación termina de consolidarse debido a la falta de memoria histórica del tico.
En política el criterio memorístico fundamental es tener presente los hechos, las acciones concretas, las obras que han hecho las personas de carne y hueso. No debemos dejar que nos engañen apelando al sentimiento y apropiándose de obras ajenas, aunque sean obras de progenitores destacados; pongamos a funcionar la memoria y la razón, tengamos en cuenta la historia y ello nos permitirá tener un juicio más certero en beneficio propio y de la colectividad.
Terminamos recordando una famosa frase, a propósito de la memoria, del gran poeta alemán, Friedrich Schiller: “Una memoria ejercitada es guía más valiosa que el genio y la sensibilidad”.